
Podríamos definir la fatiga como la imposibilidad física, psíquica u orgánica de continuar un trabajo con igual ritmo. Esta imposibilidad puede ser provocada por el mismo trabajo, su intensidad, medios no adecuados (iluminación deficiente, herramientas inadecuadas, etc), formación insuficiente o por la falta de adaptación del sujeto.
El origen fisiológico de la fatiga puede deberse a: disminución del glucógeno muscular, acumulación de ácido láctico en el músculo, pérdida de fosfato en el músculo y en la sangre o disminución del aporte sanguíneo y, por lo tanto, del oxígeno en el mismo.
Conforme se produce la fatiga el rendimiento disminuye. Paralelamente a esta bajada de rendimiento, aumenta el esfuerzo, y esto puede, durante algún tiempo, impedir que el rendimiento baje.
Los aspectos subjetivos de la fatiga comprenden dolores de varios tipos, normalmente vagos y generalizados, malestar y sensaciones descritas como cansancio. Estas sensaciones son variables e inconscientes y no se relacionan necesariamente con otros aspectos de la fatiga.
Relacionada con estas sensaciones se produce un aumento en la actividad del músculo, y un aumento en la tensión ejercida por los músculos que debe rían estar en estado de reposo o relajados. Esto podría describirse como un aumento de la actividad no deseada y conduce a otra característica de la fatiga, que es el aumento en el empleo de músculos extras conforme continúa la actuación en una tarea reiterativa. Conforme los músculos principales se fatigan, los músculos secundarios se emplean en el intento de aliviar la carga que pesa sobre los músculos fatigados. Ésta es, en parte, la razón para la afirmación de que conforme se desarrolla la fatiga se necesita un esfuerzo mayor para mantener el rendimiento.
¿Qué ocurre con la tarea cuando nos vamos fatigando? Conforme se desarrolla la fatiga, la ejecución de una tarea se hace irregular. Los distintos acontecimientos no se producen en el mismo orden regular con que lo hacen en el estado de no fatiga. El compás del trabajo cambia; no todas las fases se retrasan, aunque algunas lo hacen, y, por consiguiente, el rendimiento se vuelve menos seguido. Estas irregularidades aparecen al principio en ráfagas cortas, pero posteriormente la irregularidad se mantiene durante más tiempo con un período de recuperación más corto. Las irregularidades pueden entonces afectar a cada una de las fases de la tarea, y si se trata de una fabricación, la producción disminuye a veces con bastante brusquedad, tanto en cantidad como en calidad.
En tareas con un elemento perceptivo considerable, donde la información procede de muchas fuentes, auditivas, visuales o táctiles, conforme se desarrolla la fatiga el campo en que se despliega se hace menos explorable y se producen lapsos de atención.
Estos son más evidentes en una tarea por etapas, donde el operario tiene que trabajar a una velocidad determinada, por ejemplo en una cadena de montaje donde las piezas se entregan con un ritmo constante y tienen que manejarse conforme llegan. Una falta de atención significa que al operario se le pase una determinada operación sin prestarle atención, o que el trabajo empiece a amontonarse.
En las primeras etapas de la fatiga, el operario puede en el segundo caso ir más deprisa y despachar lo atrasado, pero los errores aumentan; aumenta la merma, disminuye la calidad y, por lo tanto, repercute en perjuicio económico de la empresa.
En tareas donde el despliegue visual es grande, con el aumento de la fatiga la atención se presta más irregularmente. Los elementos menos esenciales pueden ignorarse paulatinamente y concentrarse la atención en la información más importante; o al revés, darle demasiada importancia a los elementos periféricos a expensas de los centrales. El efecto es que las acciones correctas pueden realizarse fuera de tiempo y algunas pueden omitirse.
A veces usamos la expresión “borracho de fatiga”. Y es que existen ciertas analogías entre la fatiga y la borrachera: la misma actuación irregular, o lapsos de actuación, y el aumento de concentración o de esfuerzo para vencer parcialmente los efectos del alcohol. Y esto ha conducido al concepto de que la fatiga se debe a la acumulación de sustancias que actúan en forma de tóxico.
Resulta claro que el modo más eficaz de evitar la fatiga es introducir períodos de descanso en intervalos regulares a lo largo de la jornada laboral. Se ha comprobado que en ausencia de paros programados a intervalos regulares los operarios se las arreglan para introducir períodos de descanso mediante distintas estratagemas.
Si se intercalan pausas de descanso adecuadas se obtiene normalmente un ahorro de tiempo, un aumento de la producción y mejora de la calidad.
La fatiga es una consecuencia inevitable de una jornada de trabajo larga, y no sólo le acompaña un descenso en la producción, sino que también repercute en un aumento del tanto por ciento de accidentes .
Por tanto, las pausas de descanso durante la jornada de trabajo son esenciales. La duración y la frecuencia deseable de tales pausas de descanso es aún incierta, pero la evidencia sugiere que pausas cortas y frecuentes, por ejemplo, de cinco minutos cada hora, son más eficaces que descansos muy largos en intervalos mayores.
No es difícil, pues, insistir sobre la conveniencia de pausas de descanso cuando se realiza un trabajo físico duro ya que los efectos de la fatiga son claramente evidentes; pero aquellas son igualmente necesarias en las tareas sedentarias o en el trabajo que implique sólo un esfuerzo mental, como por ejemplo cuando la jornada de trabajo transcurre ante una pantalla de ordenador.
Otra forma de aliviar los efectos de la fatiga consiste en alternar tareas de distinta ejecución, que impliquen un cambio de actividad.
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